En la última década el astroturismo ha vivido un crecimiento exponencial. Este modelo de negocio y turístico emergente crea una oferta de ocio alternativa potenciando los cielos oscuros. Por esta misma razón, y como preservación de su propia materia prima, el astroturismo se ha puesto por bandera la lucha activa por la recuperación de la oscuridad. Es, a imagen de muchos, un faro de esperanza, una modalidad turística que parece intrínsecamente alineada con los principios de la sostenibilidad y la agenda 20/30.
Sin embargo, de un tiempo a esta parte, un análisis profundo de la evolución del astroturismo nos ha hecho plantearnos una pregunta fundamental ¿Es el astroturismo una verdadera solución sostenible, o corre el riesgo de replicar, en la oscuridad, los mismos errores que otros turismos cometen a la luz del día? ¿Cómo se llevan a cabo a día de hoy las actividades de astroturismo en la naturaleza? ¿Qué impacto tienen en el medio ambiente? Lo cierto es que la sostenibilidad del astroturismo no es una condición inherente, sino una simbiosis que debe cuidarse y practicarse con rigor y autocrítica.
La paradoja de la tecnología
La reflexión que planteo en este artículo contiene en sí misma una paradoja. El mismo progreso tecnológico que ha permitido la democratización de la astronomía y ha facilitado el propio desarrollo del astroturismo, ha provocado al mismo tiempo la pérdida del cielo nocturno. Es decir, la tecnología que ha propiciado la desconexión con las estrellas —la urbanización descontrolada y la proliferación de la iluminación LED — es la que ahora facilita el acceso a al universo.
La tecnología es, simultáneamente, la causa del problema y una herramienta clave para la solución. Comprender esta dualidad es crucial para evaluar si el astroturismo puede cumplir su promesa de ser no solo una actividad de bajo impacto, sino una fuerza activa para la conservación y el desarrollo medioambiental.
Un pacto con la oscuridad
El argumento más sólido a favor del astroturismo como un modelo de turismo sostenible se fundamenta en una lógica ineludible: su principal activo es un recurso natural frágil, agonizante en algunas zonas, que exige una conservación activa para su propia supervivencia. Esta dependencia crea un pacto implícito con la oscuridad, estructurado sobre tres pilares: la naturaleza del recurso, la ética de la práctica y su impacto socioeconómico.
1. El cielo oscuro como activo principal
A diferencia de otros modelos turísticos que a menudo explotan y degradan sus recursos, el astroturismo prospera gracias a la pureza de su “materia prima”: la oscuridad. La calidad de la experiencia astronómica es directamente proporcional a la ausencia de contaminación lumínica. Por lo tanto, la viabilidad económica y la propia existencia de la actividad están intrínsecamente ligadas a la preservación activa de los cielos oscuros. Esta relación simbiótica es la piedra angular de su sostenibilidad.
Esta lógica no es meramente teórica; se traduce acciones muy concretas, tanto de las empresas de astroturismo como los movimientos sociales y las políticas públicas resultantes de todo este movimiento. Un ejemplo paradigmático es la “Ley de conservación del cielo oscuro y promoción del astroturismo” promulgada en la provincia de Misiones, Argentina. Esta legislación declara de Interés Provincial la protección ambiental del cielo oscuro, reconociéndolo explícitamente como un recurso natural con fines ambientales, sociales, económicos y turísticos. Al crear un marco legal que regula el uso de la luz artificial y fomenta el astroturismo, se establece un mecanismo donde la actividad turística se convierte en la preservadora de su propio santuario.
2. La ética personal del promotor de astroturismo
La práctica estándar del astroturismo fomenta de forma natural una ética de bajo impacto. La dinámica habitual de las actividades, (Y que tratamos de llevar a cabo en cada una de nuestras actividades) consiste en llegar a un lugar remoto, instalar equipos portátiles como telescopios y cámaras, disfrutar de la observación y, al finalizar, retirarse sin dejar huella física. Esta metodología pone en práctica los siete principios de “No deje rastro” (Leave No Trace), un código de ética al aire libre reconocido internacionalmente.
A esto se suma otras prácticas medioambientales como conocer la regulación del lugar en el que realizamos la actividad, salvaguardar la flora, evitar dañar la vegetación. No dejar ningún residuo y llevarse aquel que encontremos en la naturaleza. Respetar la fauna y observarla desde la distancia, minimizar el ruido, las luces…. Todo ello debería ser inherente a una práctica responsable del astroturismo.
3. Desarrollo rural
El astroturismo tiene el potencial de catalizar un recurso eco-económico, especialmente en zonas rurales, que hasta ahora quedaba bajo el amparo único de la ciencia. La explotación responsable de los cielos oscuros puede actuar como un “motor para la economía local”, creando empleos, fomentando la aparición de pequeños negocios (alojamientos, guías, restaurantes) y diversificando la oferta turística en áreas que, por su lejanía o falta de otros atractivos convencionales, podrían tener dificultades para atraer visitantes.
Este modelo de desarrollo es inherentemente sostenible porque los beneficios económicos que genera crean un poderoso incentivo para las comunidades locales, favoreciendo la población de zonas despobladas y facilita que los gobiernos protejan activamente el recurso del que dependen. Cuando una comunidad percibe el valor económico de su cielo oscuro, es más propensa a adoptar ordenanzas de iluminación responsable y a buscar certificaciones que refuercen su atractivo. De esta manera, (aunque idealmente debiera hacerse sin ningún tipo de interés), la economía facilita e impulsa directamente la conservación del cielo y la práctica sostenible de este modelo de negocio.
Un modelo de sostenibilidad activo
Si no fuera poco, nuestra actividades funcionan como una potente herramienta de divulgación y por tanto de educación cultural y científica. Fomenta el interés por la astronomía y las ciencias, y crea una conciencia tangible sobre los efectos perjudiciales de la contaminación lumínica. En las actividades que realizamos, nuestro objetivo es que el astroturista no solo se lleve un recuerdo, sino una experiencia completa, donde tenga especial protagonismo un mensaje de conservación que puede aplicar en su propio entorno.
Por tanto, el modelo de sostenibilidad no es pasivo (simplemente de bajo impacto), sino generativo y auto-reforzado, donde la actividad económica y la conciencia ecológica se retroalimentan positivamente y exponencialmente.
Las contradicciones y malas prácticas
A pesar de su innegable potencial, la noción de que el astroturismo es inherentemente sostenible es una simplificación peligrosa. La actividad no es inmune a las malas prácticas, y su contradicción más profunda reside precisamente en el uso de la tecnología que la hace accesible. La introducción de luz artificial por parte de los propios promotores de actividades o de los turistas en entornos oscuros puede socavar los cimientos de la pretendida y aclamada sostenibilidad.
1. El impacto de la tecnología
El principal desafío ético y ecológico del astroturismo moderno es el uso generalizado de pantallas en el medio natural, desde las más pequeñas: relojes, móviles… a grandes pantallas colocadas en plena naturaleza con proyectores portátiles. La luz emitida por estos dispositivos, especialmente la luz de alta energía en el espectro azul-blanco característica de la tecnología LED, es una forma de contaminación lumínica puntual pero intensamente disruptiva. Esta “luz intrusa”, introducida en un ecosistema adaptado a la oscuridad durante millones de años, tiene consecuencias científicamente documentadas.
Esta luz altera drásticamente los ritmos circadianos, los ciclos biológicos que regulan funciones vitales como la alimentación, la reproducción y el sueño en la fauna y los seres humanos al suprimir hormonas como la melatonina. Además, provoca una desorientación a menudo letal en especies que dependen de la luz de las estrellas para navegar. Finalmente, desequilibra ecosistemas enteros al alterar las cadenas tróficas; la atracción fatal de los insectos a la luz no solo interrumpe la polinización nocturna, sino que también diezma sus poblaciones y afecta a sus depredadores. Irónicamente, el astroturista que utiliza una pantalla sin las debidas precauciones se convierte en un agente activo de la misma contaminación lumínica que pretende combatir, saboteando el principio fundamental de sostenibilidad de la actividad.
2. El transporte y sus consecuencias
La crítica y autocrítica, debe extenderse más allá de la contaminación lumínica para abarcar otros impactos que el astroturismo comparte con formas más convencionales de turismo.
El desplazamiento a lugares remotos, a menudo en vehículos privados, genera una huella de carbono significativa. La concentración de personas, incluso en silencio, puede generar una contaminación acústica que perturbe a la fauna nocturna, especialmente sensible a los sonidos. Además, el tránsito repetido de personas y la instalación de equipos en zonas no habilitadas para ello pueden llevar a la compactación del suelo, la erosión y la alteración de hábitats frágiles, especialmente en ecosistemas sensibles. Ignorar estos factores es pasar por alto una parte importante de la ecuación de la sostenibilidad.
La simbiosis del astroturismo
El máximo potencial de sostenibilidad del astroturismo no se alcanza cuando se practica como una actividad aislada, sino cuando se integra de manera inteligente en un ecosistema de turismo rural más amplio. Al actuar como una “actividad ancla” nocturna, puede catalizar un itinerario de viaje que beneficie a las comunidades locales durante todo el ciclo de 24 horas, conectando de forma significativa el cielo y la tierra.
Esta integración es donde herramientas digitales como la aplicación ZigZig Travel crean un entorno de coopetencia. ZigZig Travel se define como una plataforma que conecta a los viajeros con “experiencias auténticas en el mundo rural”, actuando como un digitalizador para pequeñas empresas locales y promoviendo un modelo de turismo justo y sostenible. La plataforma permite a los viajeros descubrir y reservar actividades geolocalizadas.
La sinergia es evidente. Un viajero atraído a una región remota por la promesa de un cielo estrellado necesita alojamiento, alimentación y actividades para ocupar sus horas diurnas.
Este modelo crea un “multiplicador de impacto sostenible”. El astroturismo atrae a un perfil de turista de alto valor —educado, con conciencia ambiental y a menudo con mayor poder adquisitivo— a una región rural. Plataformas como ZigZig Travel actúan como un canalizador, dirigiendo el gasto de este turista hacia una red curada de pequeños negocios sostenibles. Esto fortalece el tejido económico rural de una manera mucho más resiliente, diversificada y equitativa.
Hacia un astroturismo sostenible
Reconocer las contradicciones y los riesgos del astroturismo no invalida su potencial, sino que subraya la necesidad urgente de adoptar un marco ético y prácticas rigurosas que guíen la actividad hacia una sostenibilidad real y verificable, practicada por todos los agentes que actúan en nombre del astroturismo. La solución no es prohibir, sino educar.
El astroturismo no es sostenible por defecto; es una meta que exige un compromiso por parte por todos los implicados en su práctica. Su potencial es enorme, al vincular el beneficio económico con la conservación del cielo oscuro, fomentar el desarrollo rural y la educación ambiental. Sin embargo, su legitimidad se ve amenazada por malas prácticas, como el uso irresponsable de luz artificial, que contradice su propósito. La verdadera sostenibilidad depende de la adhesión a un marco ético riguroso que respete los ecosistemas y las comunidades. Proteger la noche es salvaguardar un patrimonio universal de asombro para las futuras generaciones.
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